Crítica: recital de Alberto Rojo en el Virla


Cajita musical repleta de detalles
Encontrarse con la música de Alberto Rojo es como descubrir una delicada cajita musical en la hay que detenerse para el deleite auditivo, por ese fascinante tintineo que provocan su voz y su guitarra.
A eso vino a su Tucumán natal, a abrirnos esa cajita que es su disco Para Mi Sombra, producido magistralmente por Pedro Aznar y en el que canta junto a Charly García.
El tucumano radicado en los Estados Unidos (a tono con él mismo vistió una camisa roja) abrió con Ese Arar en el Mar y siguió con Chacarera del Fuego, para agitar la sala.
Las melodías que construye Rojo están hechas con la milimétrica precisión que busca un orfebre para sus joyas, suenan plácidas e invitan a que el oído las siga por los paisajes a los que conducen. Como en Filo Hua Hum -inspirada en un lugar que vio, según citó, camino a San Martín de los Andes-, y por los remansos en los que se detiene para luego fluir como en Apuntes de Tilcara.
El percusionista Facundo Guevara aportó poblando el aire con bellos matices, con los udus, un bombo y otros instrumentos. Pero dentro de esta armonía, el show resulta demasiado prolijo, porque si bien le sobran sutilezas, le faltan bríos.
Vidala para Mi Sombra, que da nombre al trabajo, es el ojo del remolino que centrifuga una melancolía persistente en toda la obra del guitarrista; pero esa oscuridad es también la luz que se proyecta en un grito que baja carnal en la voz estremecedora de Rojo (en la que se oyen rastros de Mercedes Sosa).
El músico deja traslucir claramente su vertiente folklórica con temas como Zamba del Argamonte, de Leguizamón, y la propia Zamba del Agua, aunque también se baña en aguas clásicas con bastantes aproximaciones que introducen al espectador en un terreno difuso, de frontera en el que también está el artista.
La aparición de Lucho Hoyos para hacer Pequeña, una tierna pieza, y Bicho de Ciudad -que hace unos años compusieron juntos-, le aportó un ritmo distinto al recital, con dos voces y guitarras que se entrecruzaron cómodas y en perfecta sintonía. Una obra de Ginastera sonó muy bien, pero fue un bache en el espectáculo, que volvió a encauzarse con la aparición de otro tucumano, el guitarrista Pablo González.
El aire de huayno Buscando Otro Cielo, una de las tonadas más pegadizas y ondulantes del trabajo con una letra llena de esperanza, iba marcando el final, que vino con Qué Bonito, un valcesito que se autodefine y que abre el disco. Como bonus track vino el vals Flor de Lino y el bis fue Desarma y Sangra, en homenaje a Gabriela Epumer, la amiga de García recientemente fallecida. Para mi Sombra es un trabajo cuyo todo es una suma de detalles, de sutilezas, animado por una mano que apunta a limar la crudeza y que proyecta más luz que sombra.

Luciano Nuñez