Acuarelas de Galileo

Alberto Rojo

 

Acuarelas de la Luna pintadas por Galileo en Noviembre de 1609

 


"Está limpita la luna", comentó el taxista. No había nubes y una luna intermitente nos seguía entre los edificios de Libertador. Anoté la frase y no me atreví a preguntarle si estaba citando el Paraíso de Dante ("luna pulita") o la luna "pulchra" del Cantar de los Cantares; lo más probable es que, en ese momento, el taxista era el poeta que todos somos cuando permitimos que algo nos entibie el alma.

En noviembre de 1609, Galileo apuntó al cielo de Padua un telescopio que él mismo había fabricado y, por primera vez, vio esa misma luna veinte veces más grande. Y fue poeta.

En conmemoración de los cuatrocientos años de ese evento, la Unión Astronómica Internacional y las Naciones Unidas declararon a 2009 el año internacional de la astronomía. 

Desde un punto de vista estrictamente científico, más importante que las observaciones de la luna fue su descubrimiento de los satélites de Júpiter y de las fases de Venus, pero lo que dijo sobre la Luna fue más resistido en su momento. Además, a Júpiter y a Venus los vio en 1610, de modo que, en rigor, no entran en el aniversario.

Minucias cronológicas aparte, lo deslumbrante para mí de la historia de Galileo y la luna es que se trata de un caso del arte influyendo a la ciencia. Y luego de la ciencia gravitando sobre el arte.

Galileo no fue el primero en ver la luna por un telescopio. El primero había sido el inglés Thomas Harriot, en julio de 1609. En su dibujo, el borde curvo entre la parte iluminada y la sombra es irregular y sinuoso. Pero Harriot no nos dice porqué.  Bien podría tratarse de una imperfección de la imagen ya que las lentes eran todavía rudimentarias. Galileo, en cambio, vio otra cosa, y lo pintó en siete imágenes  en sepia (según estudios recientes corresponden siete días consecutivos) con la maestría de un acuarelista profesional. Pero lo más importante no es la belleza de las imágenes sino el hecho de que su entrenamiento en visualización y su familiaridad con la perspectiva y el arte del claroscuro, ya muy avanzado en Italia, le permitieron descifrar el origen de las sinuosidades: son las sombras del bajorrelieve lunar. En Inglaterra, en cambio, mientras en la literatura tenían a Milton y a Shakespeare, la pintura era todavía de un estilo gótico y la perspectiva prácticamente no se usaba.         

Una clave importante, anota Galileo en su libro El Mensajero Sideral ("Siderus Nuncius"), son algunas áreas claras en la parte oscura de la luna, y áreas oscuras en la parte clara. A medida que el ángulo de sol cambia, "después de un cierto tiempo, las áreas claras aumentan de tamaño y brillo y luego de una o dos horas se unen a la parte iluminada". Galileo llega a la asombrosa conclusión de que esas partes claras y oscuras son prominencias y cavidades. Incluso, usando el tamaño de la sombra y su distancia al borde de la parte iluminada, Galileo llega a estimar que algunas de las montañas lunares son tan altas como los Alpes.    

¿Por qué es asombroso que la luna tenga montañas? Porque siguiendo a Aristóteles, los Europeos del medioevo y del renacimiento creían que la luna era una esfera perfecta. Y los cristianos habían adoptado el prototipo esférico al asociar a la luna con la Inmaculada Concepción; "pura como la luna" era un símil frecuente. Para los pintores del Renacimiento la Virgen María estaba parada en una luna translúcida y perfectamente esférica. Sobre las manchas que se ven a simple vista (Galileo les llama manchas "antiguas") había muchas teorías. En el Paraíso, Beatrice calma a Dante -que está preocupado por esas "máscaras negruzcas"- con una detallada lección de óptica y culmina atribuyéndoles un origen más metafísico que físico (las misiones Apolo muestran que son enormes cuencas formadas por impactos externos, que luego se rellenaron de lava). Pero la esfericidad de la luna, hasta Galileo, era incuestionable.

En 1612, el artista Lodovico Cardi (alias Cigoli), amigo de Galileo, recibió el encargo de pintar un fresco en la Basílica de Santa María Maggiore, en Roma. La iglesia le permitió pintar una Virgen María parada en una luna “maculada”, con cráteres, inobjetablemente tomada de los dibujos de Galileo.

El Mensajero Sideral, publicado en 1610, y donde Galileo cuenta lo que vio por el telescopio, es un clásico de la literatura. Según Italo Calvino, Galileo es el más grande escritor de la lengua italiana y merecería la misma fama como "inventor de fantasiosas metáforas" que como científico.

A pesar de todo eso,  el nombre oficial del fresco de Cigoli no es Inmaculada sino Asunción de la Virgen.  Y en España, mucho después de 1610,  las Inmaculadas de Velázques y Murillo siguen paradas en una luna esférica y traslúcida, en una “luna limpita”.