¿Dilución o Ilusión?
Alberto Rojo


De lo dicho y recomendado sobre la gripe A, destaco un rasgo de
sensatez colectiva: la omisión casi total a los remedios homeopáticos,
 algo llamativo si se tiene en cuenta que, según una encuesta de TGI
(Target Group Index, una compañía inglesa de investigaciones de
mercado), el 25% de los argentinos que viven en áreas urbanas confían
en la homeopatía.

En la genealogía seudocientífica, la homeopatía ostenta un aura de
legitimidad sobre sus parientes cercanos la astrología o la numerología. Pero a
pesar de esa diferencia de prestigio todas comparten un atributo: el
uso de conocimiento científico establecido como trampolín de salto
hacia un territorio mágico fuera de la lógica científica.

La homeopatía se basa en dos principios propuestos por el médico
alemán Samuel Hahnemann en 1810 en su Organon de Medicina Homeopática:
la "ley de los similares (homeo)" y la "ley de los infinitesimales".
Según la primera, una sustancia que causa ciertos síntomas en un
individuo sano cura al paciente enfermo (pathos) con los mismos
síntomas. Según la segunda -una especie de "menos es más"- un remedio
se vuelve más efectivo al diluirse, de modo que los más potentes son
aquellos diluidos al punto de no contener una sola molécula de la
sustancia activa.

Si bien en 1810 la idea de las moléculas ya andaba
dando vueltas (Amadeo Avogadro publicaría su hipótesis molecular al
año siguiente) todavía no había certeza de su existencia, de modo que
sería injusto cuestionar por esto a Hahneman. Pero hoy sabemos mucho
más y esas "leyes" contradicen el conocimiento científico acumulado
entre tanto.

El trampolín de apoyo de la homeopatía es, por un lado, la analogía de
la ley de los similares con el funcionamiento de las vacunas y, por
otro, un atisbo de asidero de la doctrina de los infinitesimales ya
que algunas drogas son más efectivas en diluciones pequeñas. El error
homeopático" -dice Martin Gardner en su clásico Fraudes y Falacias en
Nombre de la Ciencia-"fue tomar estas verdades parciales,
extrapolarlas al límite del absurdo, y aplicarlas universalmente a
todos los medicamentos”.

Parte del prestigio de la homeopatía frente a otras seudociencias se
basa en que el conocimiento médico actual es comparativamente inferior
al de las matemáticas y la astronomía. Al fin y al cabo la complejidad
de la vida es superior a la del cosmos. En medicina quedan profundas
incógnitas por explorar, y  hay muchas terapias cuyo funcionamiento no
se entienden bien. Pero con la homeopatía la situación es diferente:
se entiende por qué no puede funcionar.

Para ilustrar su grado de extravagancia (desde el punto de vista
físico) consideremos la preparación homeopática más famosa para los
síntomas de la gripe:  el Oscillococcinum (marca registrada de la
compañía francesa Boiron), que se consigue en los supermercados de mi
ciudad a unos ocho dólares el paquete de tres comprimidos. En la
cajita leo el símbolo "200CK". Esto significa que la sustancia activa
(derivada del hígado de pato) es primero diluida al 1%: digamos que se
agrega una gota en un frasco con 99 gotas de agua. Se agita el frasco y
se agrega una gota de la mezcla resultante en un segundo frasco con 99
gotas de agua. Y se repite ese procedimiento 200 veces. El resultado
es que la mezcla final tiene una fracción de gota activa equivalente a una
parte en 100 elevado a la potencia 200 (o, lo que es lo mismo, 1
seguido de 400 ceros). Compárese con el número de átomos de todo
universo, que es "apenas" 1 seguido de cien ceros (el proverbial
googol) para concluir que, aún tomándome galaxias y galaxias de
píldoras no podría garantizar que tomé siquiera una molécula de la
sustancia activa. La escuela homeopática es que esa dilución casi
absoluta -una dilución al límite de la ilusión- no importa, ya que el agua
puede "recordar" que la sustancia estuvo ahí alguna vez.
Como argumento citan un artículo,  publicado en
la revista Nature en 1988, donde el inmunólogo francés Jacques
Benveniste afirmaba tener evidencia (que nunca fue reproducida y hoy
está completamente desacreditada) de la "memoria del agua".

¿Como se explica entonces la popularidad de la homeopatía? El abanico
de de razones incluye el desencanto del público con la medicina
tradicional,  el hecho de que ciertas enfermedades siguen sin curarse,
el miedo a los efectos secundarios de las drogas convencionales, y la
comprensión errónea (enraizada en las creencias supersticiosas) de
la diferencia entre correlación y causa y efecto. Por ejemplo,
una alta proporción de obesos tomen gaseosas light, pero eso no
implica que la gaseosa light cause obesidad. Discernir una relación de
causalidad requiere aislar los factores que puedan actuar
simultáneamente, y la cosa se complica cuando intervienen experiencias
personales que dificultan identificar qué es causa y qué es efecto.

Para Edzard Ernst, profesor de medicina complementaria en la
Universidad de Exeter y autor de más de 700 artículos serios sobre el
tema, la mejoría de un paciente que consulta a un homeópata
no implica que ésta se deba al medicamento. La primera consulta puede
durar casi
una hora, lo suficiente para generar empatías y "aumentar las
expectativas del paciente". "El
remedio podría ser un placebo y el encuentro terapéutico".

En conclusión, los efectos de la homeopatía son más cercanos a la sugestión
que a la acción química de un compuesto. Pero las
fantasías pueden ser reconfortantes y, mientras sean inofensivas,
tampoco sería sensato censurarlas. Al menos no a la manera de
sarcasmos como el del astrónomo Philip Plait: "Si la homeopatía
funciona, entonces obviamente es más fuerte cuanto menos se use. Por lo
tanto la mejor forma de aplicarla es directamente no usarla".