LA VERDAD ES SIMPLE

Alberto Rojo

"Cuando des tu charla, dejá cosas sin aclarar. Si te entienden todo van a pensar que tu resultado es demasiado simple". La consigna circulaba entre los físicos que llegábamos recién graduados a EEUU en los noventa. A varios nos parecía una tración a la honestidad académica pero lo cierto es que no la ignorábamos del todo.

La comunicación cientifica es un difícil balance entre rigor y entretenimiento, entre el amor por compartir historias y una inevitable tentación por el lucimiento intelectual, entre la simplicidad -que al exagerarse trivializa- y la precisión -que al exagerarse confunde-.
El contaminante mayor es la veneración por la complejidad, el prejuicio de que lo profundo sólo es expresable en lenguaje accesible a pocos.  Algunos colegas llegaron a confiarme que si en un seminario entienden todo se impresionan menos; otros llegan a pensar que si entendieron todo es porque ya lo sabían.
  
A propósito de los que se esconden detrás de complejidades innecesarias, el excelente matemático ruso Vladimir Arnold bromea sobre colegas que para "simplificar" la frase "Bob se lavó las manos" dicen algo como "Existe un tiempo T1 <0 tal que la imagen Bob(T1) ante el mapeo natural de T a Bob(T) pertenece al conjunto de gente de manos sucias, y un T2 en el intervalo semiabierto (T1,0] tal que la imagen bajo el mismo mapeo pertenece al complemento del conjunto en cuestión".

En el extremo opuesto están los popularizadores innatos (como el genial Richard Feynman) que son capaces -a la manera de Borges según Eugenio Montale- de poner el universo en una caja de fósforos.  Sus explicaciones son prestidigitaciones hipnóticas, tan efectivas que nos dejan la impresión de haber entendido lo que en realidad no entendimos, y leemos de supercuerdas y singularidades y física cuántica con la misma  paradójica facilidad con el que escuchamos la música de Mozart: tan simple para el que la escucha al pasar, tan compleja para el experto.

Quizá sea cierto que la jerga es necesaria y que la sobresimplificación puede llevarse consigo la esencia de lo explicado, como si con el agua de la bañera tiráramos también al bebé. Pero también es cierto que hay ideas profundas que pueden comunicarse al público en lenguaje accesible sin sacrificar nada de esa esencia.  Pienso en El Origen de las Especies, donde Darwin comunica un hallazgo original en un texto escrito para una audiencia masiva, y en los Diálogos sobre los Sistemas Máximos del Mundo, donde Galileo presenta resultados originales en un lenguaje accesible, en italiano y no en latín, como se escribían entonces los trabajos especializados. Galileo mismo explica, en una carta a Paolo Gualdo en 1612, su decisión de escribir en lenguaje popular para alentar a la gente a pensar por su cuenta y, según el historiador Reinhard Bendix, para evitarles la intimidación de la autoridad religiosa (algo que le costó caro, pero eso es otra historia).

La jerga se justifica sólo si se persigue una burbuja semántica que nos separe del resto. Los presos tienen el "tumbero" (en las cárceles, "sentarse" y "tomar asiento", me dicen, significan cosas muy distintas), los locutores disponen de acentuación propia (ministro de "edúcación", "kilometrós" por hora, copa "Libértadores") y hay quienes llaman "cefalea" al mundano dolor de cabeza.  Pero la ciencia busca resolver problemas y, ante todo, claridad; Dios nos libre de los meros "conocedores de frases y de modales de la jerga fulera del arrabal". 

Alberto Rojo