Sanación Cuántica

Alberto Rojo

 

A principios del siglo veinte la física se quedó sin palabras.  Nuevos experimentos requerían una nueva teoría del mundo microscópico; nuevos conceptos que estaban (están) fuera del lenguaje corriente.  La teoría creció gradualmente y tomó forma a fines de la década del veinte. Un conjunto preciso de fórmulas permitían explicar los experimentos y predecir nuevos escenarios. Pero la eficacia de esas fórmulas estaba en inusitado contraste con su significado. No era claro como interpretarlas, y eso no había pasado antes con la física.

Los que crearon la teoría eran expertos en la física de Newton, que explicó el movimiento planetario, en las teorías de la luz, de las ondas de sonido, de las ondas en la superficie del agua. En cada uno de los casos, la interpretación de las fórmulas era clara: una onda es una perturbación que se propaga, con una representación matemática precisa; un planeta es una "partícula", un cuerpo que se mueve;  y su movimiento tiene también su representación matemática sin ambigüedades interpretativas. Con la nueva física pasa algo muy interesante: la descripción matemática del mundo microscópico es un híbrido de la descripción ondulatoria y la corpuscular. Funciona a la perfección, pero no está claro qué representa. Según esta "nueva física", la así llamada física cuántica, los habitantes del mundo microscópico, los electrones, los protones, las entidades que componen su cuerpo y el mío, adolecen de una enigmática esquizofrenia: son, a la vez, onda y partícula. O, quizás más precisamente, su descripción es esquiva a la red de conceptos de nuestro lenguaje, inventado, a lo largo milenios, para describir nuestras experiencias cotidianas. Hablar de ondas y partículas para el mundo cuántico es usar analogías de la experiencia cotidiana para describir el mundo microscópico. El electrón no es ni onda ni partícula, es algo distinto; si insistimos es una partícula aparecen nociones nuevas: tenemos que admitir la posibilidad de que ese electrón pueda estar simultáneamente en muchos lugares. En infinitos lugares. Eso no existe en nuestra intuición. Y aquí emerge algo muy interesante de la física cuántica, algo que hoy sigue siendo tema de debate. Una vez que ese electrón entra en contacto con una entidad macroscópica (un aparato de laboratorio con agujas  e indicadores visibles, o la mente del observador que registra el resultado del aparato) pasa de estar en muchas partes a la vez a estar en una ubicación precisa y definida. El objeto macroscópico cambia el estado del objeto microscópico,  lo "obliga" a pasar de su existencia simultánea en varias copias de sí mismo, a la unicidad mundana del existir en un lugar definido.  Hasta aquí la física cuántica, presentada, inevitablemente, con analogías y metáforas.

Pero la tentación de estirar las analogías hasta extrapolarlas a una tierra de nadie conceptual es también inevitable. Decir que una medición, o una detección, altera el estado del electrón no es lo mismo que decir que nuestra mente es capaz de alterar la realidad del mundo cotidiano. Quizás lo sea, pero no por los mecanismos de la física cuántica. La física cuántica es enigmática, no hay duda, pero (hasta hoy) no tiene nada que decir sobre la interacción cuerpo-mente, y sobre nuestra capacidad de afectar el mundo que nos rodea.  A pesar de eso, el uso indiscriminado y torpe de esas analogías se ha convertido en una industria. Los casos más prominentes son Deepak Chopra, con su sanación cuántica y sus alternativas cuánticas al envejecimiento, y la película"¡¿Y tú que sabes?!"

Al principio de la película se ilustran los principios de la física cuántica con una pelota de básquet que puede estar en muchos lugares a la vez. La ilustración es válida como analogía, ya que todo espectador la reconocerá como una exageración pedagógica. Pero luego las ideas van transmutando hasta que una mujer, motivada por revelaciones cuánticas, tira su medicación antidepresiva. Dejar un antidepresivo no tiene nada de criticable, pero justificarlo desde la física cuántica es un disparate. Entre los propulsores de este docudrama está J. K Knight, una rubia con voz inglesa que sostiene que Ramtha, el guerrero espiritual de 35.000 años de edad,  se le apareció en su cocina en Tacoma (Washington) y ahora ella “es” Ramtha.  Uno de sus discípulos es el principal inversor de la película. Para Knight, “el espíritu de la conciencia puede absorberse en el cerebro y esos pensamientos pueden cambiar tu vida”. Es posible que sea cierto, pero su conexión con la física cuántica es nula.

 
Chopra tiene una prosa poética y un estilo capaz de provocar una legítima paz interior. Pero invocar sustento científico a sus argumentos es deshonesto.

Claro que no todo es su culpa. El lenguaje de la física es vulnerable al uso ambiguo ya que  -al revés de otras disciplinas- su jerga está hecha de términos cotidianos. Mientras la biología y la medicina inventan términos nuevos (latinos y griegos) para redefinir conceptos conocidos, la física sigue usando palabras conocidas para designar conceptos nuevos. Las palabras de la física (quizás con la excepción de algo llamado “entropía”) son comunes: trabajo, energía, fuerza, onda, temperatura. “Fuerza” y “energía” significan algo muy específico dentro de la física, en general distinto del uso corriente, donde tienen incluso más de un significado. Y seguimos usando “onda” y “partícula” para describir un mundo microscópico que no entendemos del todo.

 

Esa vulnerabilidad  permite a los gurúes de la “new age” hipnotizarnos con una pirotecnia de términos cuánticos que no son otra cosa que artificios fonéticos.